Hay un sonido específico que hace el metro cuando sales a la superficie después de un día completo bajo tierra: ese soplido de aire caliente que empuja desde los respiraderos, mezcla de freno de motor y ciudad respirando. Ese sonido significa una sola cosa. Se acabó. Ya volviste.
Pero eso es el final. Empecemos por el principio.
El DF —porque en esa época todavía era el DF, decir CDMX hubiera sonado a algo que aún no existía— es una megalópolis que se cruza en capas. Primero el camión, con esa suspensión que traduce cada bache en un golpe seco en la espalda. Después el metro, apretado, oliendo a metal caliente y a la gente que no conoces pero con la que compartes quince estaciones. El presupuesto no daba para más, así que uno cuidaba los pesos con una disciplina casi religiosa: siempre, siempre, un boleto de metro guardado en el bolsillo trasero. Por si acaso. Por si la tarde se alargaba más de lo planeado, que se alargó.
La terminal llegó después de lo que en ese entonces se sentía como una expedición. Ahí cambiamos a un transporte que no tenía ruta fija en ningún mapa oficial, de esos que uno aborda por instinto y confianza compartida, rumbo al bosque. Rumbo a lo desconocido, aunque lo desconocido tuviera nombre: Parque Nacional del Ajusco. Un pulmón entre tanto concreto, uno de los pocos que le quedan a esta jungla de asfalto que insistimos en llamar hogar.
Éramos pocos. Un par de parejas, algunas mujeres, algunos hombres, y yo, que iba solo con la única intención de estar ahí, de ver el lugar, de tomar algo —bastante— y de reír, también bastante.
Escucha esto: el mezcal de Oxxo no suena a nada elegante. Suena a tapa de plástico rompiéndose, a vaso desechable que se dobla un poco cuando lo aprietas de más. No había música —los celulares con bocina todavía no eran cosa—, así que el sonido de fondo era el río. Agua moviéndose sobre piedra, constante, sin prisa. El refresco de uva venía en garrafón, uno para todos, y alguien llevó unas caguamas que se fueron enfriando —o no— en el mismo río.
Una de las chicas trajo carne. Nadie trajo asador.
Lo que sí encontramos fue una tapa de lámina oxidada, de esas que uno no sabe de dónde salen pero que en el momento justo aparecen. La lavamos con lo que teníamos a la mano: mezcal y fuego. El alcohol se prende con un chasquido azul casi invisible a la luz del día, y por un segundo el olor a piña asada de la lámina se mezcla con el humo, con el pasto húmedo, con el río cerca. Comimos esa carne como si fuera la mejor que habíamos probado en la vida. Puede que lo haya sido.
El mezcal —ese mezcal específico, barato, sin ninguna denominación que presumir— tenía un ahumado agresivo, casi rústico, el tipo de sabor que hoy uno dejaría pasar en una cata seria. Pero esa tarde de primavera, con el calor pegándose a la piel y el río de fondo, sabía a gloria. No exagero. Sabía exactamente a lo que tenía que saber en ese momento.
El clima cálido de esas tardes de primavera en el Ajusco tiene una textura particular: no es el calor seco de la ciudad, es un calor que huele a tierra mojada y a resina de árbol. Eso, mezclado con el humo del fuego improvisado y el filo del mezcal, es una combinación que el cuerpo no olvida aunque la memoria consciente se vaya desdibujando con los años.
Y entonces, sin que nadie lo anuncie, el sol empieza a bajar. La temperatura cae con él. El cansancio llega de golpe, ese tipo de cansancio bueno, el que se gana. Esperamos el camión de regreso en silencio, o casi, ya sin la urgencia de la tarde. Y luego el metro. Y luego ese soplido de aire caliente en la entrada, anunciando que la realidad está de vuelta.
Cada quien bajó en su parada, en su esquina de la ciudad, de regreso a su vida particular. Pero por unas horas fuimos otra cosa: un grupo pequeño, unido no por planes ni por costumbre, sino por las ganas compartidas de disfrutar un momento exactamente así.
Han pasado los años. Uno se pregunta qué fue de esas personas, qué pasó con esa versión de uno mismo que guardaba un boleto de metro por si acaso y no le hacía falta nada más que un garrafón de uva y un mezcal de Oxxo para sentir que la vida estaba completa.
No sé si volvería a comprar ese mezcal hoy. Pero sé exactamente a qué sabía esa tarde. Y ese sabor —ahumado, imperfecto, honesto— sigue siendo, de alguna forma, el origen de muchas historias más.
